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A diez años de la catástrofe

A diez años de la catástrofe

ago 31, 2011

La cabeza del avión sobre el precipicio de la 340. Cuerpos doloridos, lamentos. Las compuertas atascadas. Un río de gasolina bajando por la ventana. El humo y el fuego. La historia de la aviación nunca olvidará esa llegada a Málaga. Fue el 29 de agosto de 2001, unas semanas antes del atentado de las Torres Gemelas. El avión CN-235 de la compañía Binter, que cubría la ruta con Melilla, se precipitó como un misil contra el suelo. Murieron cuatro personas, veintiséis resultaron heridas.

La nave quedó a apenas doscientos metros de la pista de emergencia. Los pilotos aherrojados en la cabina. El morro hecho trizas. Manuel Temboury, abogado de doce de los pasajeros, además de la azafata y de la familia del comandante, habla de gritos, confusión, llamas. La certeza de que la máquina enfilaba la tierra. Otros ponen sobre la escena el manual de alarma, la voz del auxiliar Luis Checa preguntando por el estado de los supervivientes.

En siete segundos la caja negra pasó de registrar la preparación del aterrizaje a los movimientos a la desesperada. De la última comunicación con la torre de control de Málaga, en la que se daba cuenta de una llegada anormal, aunque protocolaria y moderadamente segura, a las palabras finales del piloto Mariano Hernández Ruano. Éste, según Temboury, fue el héroe de la catástrofe. En el último momento, maniobró para reconducir el avión y dejar que la cabina parapetase el golpe, lo que salvó a la mayor parte del pasaje. «La entrada le costó la vida, pero evitó el choque frontal en la parte de los viajeros», señala.

Diez años después del accidente persisten pocas dudas. La argucia del piloto redirigió el impacto hacia los primeros puestos de la nave. Los tres pasajeros fallecidos, Emilio Martínez Plaza, de 67 años, Mohamed Uassani, de 46, y Hervé Troadec, de 41, ocupaban las plazas situadas justamente detrás de la cabina de tripulantes.

En los días posteriores al siniestro se desató la alarma. Hubo escenas de pánico en los aeropuertos. Se dijo que los recursos destinados a Melilla eran insuficientes. Surgió la polémica sobre el modelo del avión, criticado, incluso, por los dirigentes de la Ciudad Autónoma. Hoy se sabe que no fue un fallo mecánico. «El avión fue seguro. No tuvo nada que ver», comenta Temboury.

La secuencia se esclarece en el informe de Aviación Civil. Veintinueve minutos después del despegue, a pocas millas de Málaga, el sistema alerta de un supuesto incendio en uno de los motores. Luis Checa, piloto experimentado, aunque eventualmente enrolado en el vuelo en las funciones de segundo de abordo, hace lo que se exige en estos casos. Desconecta el aparato y activa el mecanismo de respuesta. Sin embargo, se equivoca con el líquido de extinción, que rocía sin querer el segundo motor del aparato. Mariano lo advierte justo cuando requiere propulsión, el tiempo se agota y no hay nada que puede procurar la fuerza necesaria para estabilizar la nave en el aterrizaje.

«Me has parado los dos motores. ¡Me has parado los dos!», exclamó el comandante. El avión, recuerda Temboury, dispone de funciones para limpiar el motor rápidamente. Un minuto antes el error podía haber sido subsanado. Pero era demasiado tarde. Luis Checa, el copiloto, murió dos años después, víctima de un cáncer. La responsablidad de la catástrofe descansó judicialmente en la decisión de la compañía, que se valió de un piloto para cubrir las funciones de copilotaje, más vinculadas a la emergencia. El Binter y su cabeza colean aún en Málaga.

 

La tragedia del hombre a los mandos

Dos años después del accidente, Luis Checa, piloto con más de tres décadas de experiencia, aparecía dibujado en las crónicas como un hombre deshecho, triturado. El siniestro le había sumido en una depresión agravada por la muerte de su esposa, que se había producido unos meses antes del viaje con el Binter.

El comandante, natural de Aragón, se refugió parcialmente en su casa de Benalmádena, en la que pasaba buena parte del año. Murió en 2003, víctima del cáncer. El accidente le dejó heridas graves. Mariano Hernández Ruano, el piloto, que viajaba a su lado, murió en el acto. Él estuvo a punto de perder la vista. Salió de la nave con lesiones. Se dio de baja. Dicen que lo primero que acertó a preguntar fue por el estado del resto del pasaje. El hombre que se ocupó de la emergencia no era un novato de la aviación. Acumulaba casi 8.000 horas del vuelo. Treinta años de pilotaje. Fue incapaz de recordar lo sucedido en su comparecencia ante el juez.

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